Yo escucho, resisto, soporto, callo, aguanto, miro al costado, aguanto, aguanto, aguanto. Pero sí, todos tienen un límite, incluso aquellos que parecemos tan indiferentes a las cosas que realmente nos molestan, solo que no lo decimos. Incluso yo.
Ahora bien, cuando uno mismo desconoce su propio límite es básicamente una olla hirviendo suavemente, en silencio, pero llegado el momento, la tapa va a saltar y va a saltar de la peor forma.
No es la primera vez que me pasa tocar fondo y aunque no conozco el sonido de alarma hacia esto, si conozco la salida y estoy convencida-por experiencia- que no es nada agradable. No es agradable escupir palabras bañadas en rencor y con bronca acumulada, pero en mi vida no existe un gris donde tome las cosas con calma. No, todo lo llevo al extremo y después... el pronóstico anuncia tormenta.
Exceder no está bueno, no está bueno callar, no está bueno explotar de una mala manera. Pero intenté juro que intenté buscar un punto medio. De mi parte salió, aunque no de buena forma, querer enmendarme un poquito la conciencia, pero aunque creí obtener una respuesta, hoy me demostraron que nada va a cambiar.
Y mi pregunta es "¿hasta cuándo estoy dispuesta a aguantar?". Y probablemente este relato suene tonto y alarmista, porque me estoy llamando la atención a mi misma y sé que hago las cosas mal, porque lo sano es cortar con lo enfermizo. Pero lamentablemente desde mi izquierda algo me ata. Ahora me enojo, porque no tengo más una coraza fuerte que me cuide de estos problemas, que me detenga antes de meterme hasta tan adentro. No, no me arrepiento de nada.
No existen los corazones de goma, que resistan sin agrietarse ni perder la forma. Por favor, ya no juegues.